Imaginarios: Araceli García Carranza. 50 años de fecunda labor en la BNCJM
Una rosa para Araceli
Por Ana Cairo
Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca. (1)
En 1962, Araceli se graduó de Doctora en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Ese primer objetivo vital ya demostraba que la tenacidad para vencer era una de sus cualidades personales. Vivía en el centro de la antigua villa de Guanabacoa (una de las localidades de la periferia capitalina) y diariamente tenía que dedicar para trasladarse un tiempo mucho mayor que el de sus compañeros.
Un recuerdo grato de los tiempos estudiantiles quedó asociado a su padre, médico y maestro, quien disfrutaba acompañándola a visitar el edificio en construcción de la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM), próximo al conjunto monumental Plaza Cívica, el cual había sido diseñado para convertirse en el centro político moderno de La Habana en los finales de la década de 1950. No fue hasta 1958 en que se inauguró la nueva sede de la BNJM.
Meses después, a partir de la victoria revolucionaria del 1 de enero de 1959, ocurrieron cambios esenciales en las funciones nacionales e internacionales y en los servicios asignados a la institución. De este modo, comenzaba la segunda etapa histórica, de la cual se ha estado celebrando el medio siglo durante este año.
Araceli, recién graduada, empezó a trabajar allí. Su entusiasmo laboral se acrecentaba al comprobar que estaba involucrada en la mayoría de los proyectos investigativos y en los servicios públicos más exitosos. Se le encomendó redefinir la metodología y confeccionar anualmente la bibliografía sobre José Martí (faena que mantiene); elaborar las de historiadores tan importantes como Ramiro Guerra (1880-1970), Fernando Ortiz (1881-1969) y Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), o la temática sobre las guerras de independencia, o en torno a la bibliografía cubana de Ernesto Che Guevara (1928-1967). Intervino en el proceso de organización de los fondos de la Sala Colección Cubana. Ayudó en la preparación de grandes exposiciones con un alcance nacional y en el extranjero. En 1966, cuando se organizaba la del homenaje a Alejo Carpentier (1904-1980), surgió el nexo entrañable, que facilitó la alternativa de convertirse en su bibliógrafa.
En la BNJM, Araceli también conoció a Julito Domínguez. Se casaron rápidamente. Ellos constituyen una familia, con la que pueden ilustrarse las máximas virtudes éticas de un matrimonio feliz en la tradición cubana. Amor y trabajo, deber y solidaridad se unifican. Los reconocimientos académicos de ella son vistos como un patrimonio espiritual de ambos.
Desde hace más de 47 años, Araceli recorre diligentemente el trayecto entre el área de los cubículos (donde se encuentra el suyo), la sala de la Colección Cubana y el departamento de Bibliografía e Investigaciones. Por centenas se cuentan las personas que reclaman sus consejos; en ocasiones, la visitan; en otras, le telefonean o acuden al correo electrónico. Ella, sonriente y amable, se esmera porque cada una se sienta complacida.
<< Araceli y su esposo Julio durante una reunión en la BNCJM.
La Asociación de los Bibliotecarios admira a Araceli. Ella es reconocida como uno de los paradigmas, porque se piensa que en su trayectoria biográfica puede encontrarse una parte de la memoria viva de la BNJM.
Cuando Alejo Carpentier, primer intelectual latinoamericano en obtener el Premio Miguel de Cervantes, decidió que la BNJM fuera la depositaria de una parte de su archivo, de modo implícito, estaba reconociendo la alta calidad de los servicios que especialistas como Araceli estaban construyendo en torno a su obra. De modo natural, ella se convirtió en una de sus ayudantes al igual que de su esposa Lilia. Lo mismo elaboraba una cronología, preparaba álbumes de recortes y fotos, localizaba libros raros, que le buscaba datos o esclarecía hechos.
La comunidad carpenteriana tiene deudas de gratitud infinita con la labor de Araceli por más de cuatro décadas. En tal sentido, es la primera beneficiaria de este necesario y hermoso libro sobre el gran narrador ysus aportes a las relaciones cubano-mexicanas. En la monografía se ilustran diferentes búsquedas exegéticas, las cuales demuestran cómo los estudios bibliográficos constituyen una de las alternativas válidas para profundizar en los saberes sobre un famoso intelectual. Las claves conceptuales se evidencian en el ordenamiento de los textos. Por lo mismo, solo falta agradecerle a Araceli la eficiente lección metodológica e invitar a los diversos tipos de lectores a que disfruten los beneficios de su pasión carpenteriana.
La relación sistémica entre un creador y su bibliógrafa permite un enriquecimiento espiritual de insospechados alcances. Con este libro, Araceli defiende y promociona al respecto las mejores tradiciones humanísticas de la cultura cubana y latinoamericana.
La Habana, 7 de junio de 2009, “Día del Bibliotecario Cubano”.
(1) José Martí (1853-1895): primera estrofa del poema “XXXIX” de Versos sencillos (1891).
De Araceli
Por Carmen Suárez León
Celebrar los cincuenta años de trabajo de la Doctora en Filosofía y Letras Araceli García Carranza es lo mismo que celebrar los últimos cincuenta años de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Cualquier trabajador, de cualquier categoría, que haya dedicado todo ese tiempo a trabajar honradamente en una misma institución merece un respetuoso jubileo. En el caso de esta bibliotecaria, hay que hacer, además, la alabanza de una labor extraordinaria y el legado de una obra monumental.
Araceli entró como una jovencita recién graduada en el departamento de Catalogación de la Biblioteca Nacional de Cuba en 1962, cuando se desempacaban las cajas de libros y se organizaban los fondos en el nuevo edificio de la Plaza de la Revolución. No tardó en pasar al Departamento Colección Cubana y terminó organizando ese fondo y sirviendo con él a cubanos y extranjeros durante muchos años. Tantos, que coexisten hoy, luego de la friolera de medio siglo, por lo menos tres generaciones de estudiosos, investigadores, especialistas y otros curiosos de cualquier pelaje que han pasado por sus atentas manos. Su pasión bibliotecaria, su competencia impresionante en el conocimiento de los fondos de la Biblioteca y su espíritu de servicio constante y sonriente, han hecho de ella un personaje inolvidable en la vida de decenas de lectores de muchas latitudes del mundo.
Como custodio del laberinto del conocimiento, asiste y ha asistido en la exploración de los mundos de la cultura cubana, tanto al tímido estudiante que entra por primera vez a “la Nacional” como a un catedrático suizo que busca un dato insólito, pero que ella sabe dónde está. Y aunque se repita muchas veces, hay que decirlo de nuevo, porque en este mundo vanidoso, donde muchos alzan la nariz como si fueran una encarnación de Palas Atenea, o por lo menos su búho, ella siempre se ha inclinado sobre ese que llega a consultarla, sea quien sea, y se entrega a la pesquisa con la misma pasión y naturalidad. Y no es falsa modestia, ella sabe que sabe, pero siente el placer de servir, algo tan raro en nuestros días.
Además, tuvo tiempo para convertirse en una bibliógrafa de primera línea, con más de cuarenta bibliografías de grandes personalidades cubanas. Ha sido, desde 1968, la que ha compilado sistemática la bibliografía de y sobre José Martí. Entre sus bibliografías y biobibliografías se cuentan las de Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Ernesto Che Guevara, Carlos Rafael Rodríguez, Eusebio Leal Spengler, Emilio Roig de Leuchsenring y tantas otras cuya enumeración sería muy larga. Sus conferencias y artículos se han publicado en Cuba y en el extranjero, y constituyen un material de indispensable consulta en los temas bibliográficos cubanos. Es profesora titular adjunta de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.








Algunas de las bibliografías y biobibliografías publicadas por Araceli sobre importantísimas figuras de la cultura y la historia cubanas.
Durante la mayor parte de su vida trabajó junto a su hermana, Josefina García Carranza, y juntas formaban una pareja de bibliotecarias ejemplares. Las dos sirvieron tanto a la biblioteca, a sus fondos, a sus publicaciones, a su prestigio, que es difícil evaluar la enorme labor cumplida con tanta sencillez en un día a día fervoroso y atento. Yo puedo testimoniar esos empeños porque una de las fiestas de mi vida es haber trabajado en la Biblioteca algunos años (1983-1988), como editora de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, junto a ellas dos. De muchos bibliotecarios recibí grandes lecciones, pero las lecciones más constantes, el apoyo más firme, vino de ellas.
Araceli ha recibido medallas, diplomas y distinciones, pero no creo que nada sea para ella tan valioso como ese reguero de estudiosos cumplidos que ha ido dejando en su camino tan bien servido. No por gusto Cintio Vitier le decía “la madre superiora” en sus días de investigador en la Sala Martiana de la Biblioteca. Actualmente ella cumple variadas y altas funciones como:
Curadora de la Colección Alejo Carpentier (1971).
Asesora de la Fundación Alejo Carpentier (1993-)
Miembro Corresponsal de la Sección de Bibliografía de IFLA (l995-).
Miembro del Tribunal de Categorías Científicas del Ministerio de Cultura (1995-).
Jefa de Redacción de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (1999-).
Vicepresidenta del Consejo Científico de la Biblioteca Nacional (2002-).
Araceli ha intervenido en muchos foros bibliotecológicos a lo largo de su vida, en congresos y conferencias en México, Santo Domingo, Colombia, Argentina. En 1997 impartió un ciclo de conferencias en las Universidades de Princeton y de Harvard, en Estados Unidos. Sus obras de consulta se encuentran en las principales bibliotecas del mundo al servicio de la divulgación y los estudios sobre la cultura cubana. Y allí estarán décadas y décadas como el más precioso fruto de una labor que trasciende enormemente los límites de la vida de un ser humano.
¡Felicidades, Araceli, por esa obra tan bien cumplida, por estos cincuenta años de trabajo fecundo y hondo que todos tus colegas y tus amigos esperamos que se prolonguen mucho más!
¡Gracias por tu amistad!

En la exposición organizada en la BNCJM por el cumpleaños 70 de Alejo Carpentier (1975).
La Biblioteca, Araceli y yo
Por María Elena Capó
La Biblioteca Nacional de Cuba José Martí y la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana mantienen, desde siempre, relaciones entrañables. En ambas instituciones se formaron los maestros de mis maestros, mis maestros, yo, y ahora pretendo que también lo hagan mis alumnos.
Crucé por primera vez el umbral de aquel edificio majestuoso situado a la izquierda del monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución, en el invierno de 1986, solo unos meses después de comenzar mis estudios superiores. A partir de entonces, se convirtió en punto de reunión para un grupo de nosotros quienes, jovencísimos y urgidos por las exigencias que muy tempranamente nos planteaba la carrera, acudíamos a sus salas en busca de textos, orientación y consejos. Sin darnos cuenta, el lugar fue perdiendo algunas de las partes de su nombre en la misma medida en que se ganaba nuestro afecto. Comenzamos a llamarle "la Biblioteca" a secas, sin necesidad de más detalles. Creo recordar que cuando también nos hicimos asiduos de la Sala de Lectura de la Casa de las Américas —otro lugar muy querido no solo por sus espléndidas colecciones, sino también por el trato amoroso que dispensaban sus trabajadores a los estudiantes que allí acudíamos— para evitar confusiones, la nombrábamos "la Nacional".
Las largas sesiones de estudio que protagonizábamos entonces, favorecieron el establecimiento de vínculos de afecto, respeto y gratitud entre los aspirantes a investigadores que éramos —creo que todavía hoy, sabedores de la infinitud del conocimiento, muchos continuamos siéndolo— y los referencistas, investigadores, auxiliares de sala y otros muchos trabajadores que, con paciencia y sabiduría, se esforzaban por dar respuesta cabal a nuestras necesidades intelectuales. Entre ellos se encontraba una mujer de mediana estatura y mirada clara, que muchas veces caminaba de prisa —tratando de ganarle tiempo a sus pasitos cortos— mucho más cuando sabía que alguien la procuraba. No importaba que fuese un estudiante humilde o una personalidad encumbrada. Ni que ya estuviera cercana la hora del almuerzo o del cierre. Allí estaba ella, dispuesta a brindar su ayuda a quien la necesitase. Como la biblioteca, perdió parte de su nombre y la llamábamos solo Araceli. En los últimos años he escuchado a la profesora Ana Cairo llamarle solamente Ara, y eso me ha hecho pensar que a los afectos les basta con pocas letras para mencionar a quien se quiere.
Después de graduada, ya en los años ásperos de la década de 1990 regresé a "la Biblioteca". Me dolían el horario constreñido, la demora en la entrega de los documentos solicitados, el vandalismo desatado contra los ejemplares que un día había leído con fruición, la limpieza descuidada. En medio de aquel panorama, estoica y digna, sin perder su sonrisa y su prestancia, seguía Araceli preguntándome qué necesitaba.
<< Junto a su esposo Julio Domínguez García en un homenaje que se le rindiera a Araceli, por sus 70 años de existencia y 45 de ellos dedicados al desarrollo de la bibliotecología (26 de octubre de 2007).
Parecía con aquella, su actitud de siempre, desafiar la rudeza de los tiempos y, con ello, augurar que pasarían. Los primeros años del siglo XXI la encontraron bregando firmemente para que "la biblioteca” recuperara su lozanía. Incontables resultaron los esfuerzos emprendidos para satisfacer las demandas de investigadores, profesores, estudiantes. Se propició la realización de acciones de superación y actualización destinadas a sus trabajadores con el objetivo de que estuviesen mejor preparados para asumir los retos que, constantemente, les planteaba el trabajo con usuarios de diferentes edades y procedencias. Recuerdo que fui convocada para impartir una de las conferencias previstas y aunque en aquel momento me encontraba inmersa en una gran cantidad de tareas, accedí enseguida por considerar que mi participación constituiría una humilde manera de retribuir, en muy pequeña medida, todo lo que aquella institución y su gente habían aportado a mi formación pre y posgraduada. Como parte de los empeños antes referidos se habilitaron locales destinados a la realización de actividades de tipo docente. Muchas veces, las áreas designadas para estas fueron cedidas a estudiantes y profesores de la Universidad de La Habana y del Instituto Superior de Arte, quienes allí recibieron conferencias, intercambiaron con especialistas, y pudieron consultar originales de publicaciones periódicas aparecidos en diferentes etapas de nuestro devenir histórico y cultural.
Una y otra vez, regresé a "la Biblioteca”. La Sala Cubana continuó siendo, como antaño, el lugar más visitado. Allí nunca me sentí desamparada. Cuando en alguna ocasión no aparecía la obra solicitada, junto con la mala noticia, llegaba una propuesta de texto sustituto que aliviaba la frustración provocada por la ausencia indeseable y, muchas veces, abría rutas antes desconocidas.
Mis últimas visitas al espacio querido estuvieron motivadas por la necesidad de obtener información actualizada sobre la obra de dos grandes autores y maestros cubanos: Cintio Vitier y Roberto Fernández Retamar. Sabía que Araceli era la bibliógrafa de ambos. Acudí a ella segura de que podría contar con su ayuda. Como siempre, me la ofreció sincera y desinteresadamente. Puso ante mí el poderoso arsenal de datos que, con paciencia y rigor, había ido acumulando durante largos años de trabajo con la certidumbre de que la producción intelectual cubana debía ser conservada y puesta en manos de las nuevas generaciones de investigadores, profesores y estudiantes, convencida de que a ellos correspondía valorarla justamente. Tomé las referencias que necesitaba, agradecí mucho el servicio brindado y, como le había prometido, dejé en su poder algunas referencias que había encontrado acerca de los más recientes textos de Cintio Vitier. Me despedí con la promesa de hacerle llegar toda la información que sobre los autores antes mencionados pudiera localizar. Luego bajé las escaleras que conducen al vestíbulo de "la Biblioteca" con la impresión que dejó en mí el rostro momentáneamente ensombrecido de Araceli, cuando me dijo que las fichas elaboradas con su letra clara de maestra no habían podido, todavía, ser digitalizadas. Meses después volví a verla en uno de los salones del hospital Hermanos Ameijeiras donde su amor e inseparable compañero era atendido. Me contó cómo iba la salud de ambos, y me informó sobre los momentos en que estaría disponible en la biblioteca, "por si necesitaba algo". Me impresionó ver cómo aún en aquella circunstancia, en la cual era visible la preocupación que la embargaba, no desatendiera su permanente tarea de auxilio intelectual. Viéndola caminar hacia la consulta, ahora sí despacio, cargando años y desengaños, pensé en cuánto debemos y tenemos que agradecerle a ella y a otros muchos quienes, desde su lugar —anónimo o reconocido— nos ofrecen día a día lecciones de integridad y compromiso con nuestro país y su cultura. Por estas y otras muchas razones es preciso asegurar que la tarea que desempeñan —imprescindible para la conservación y el fomento del patrimonio intelectual— pueda ser desplegada satisfactoriamente; que sean aseguradas condiciones laborales favorables; que la institución que Araceli considera su casa, y una parte indisoluble de su vida, recupere sus antiguos fueros y se reincorpore con su hacer, más temprano que tarde, a la corriente vigorosa e indetenible de la cultura cubana. Solo garantizando esto habremos logrado corresponder acaso aun pálidamente, a la entrega y a los esfuerzos que a su pueblo han entregado ella, y otros como ella. Sea este el principal compromiso y la tarea principal de las actuales generaciones de intelectuales cubanos. Y siéntanse "la biblioteca " y Araceli —o son una las dos— queridas, estimuladas, reconocidas hoy y por siempre, en el afecto de quienes se consideran eternos deudores de ambas.

Araceli en la exposición-homenaje que brindó la BNCJM, por el 75 Aniversario de Alejo Carpentier (1979), junto a trabajadores de la Biblioteca Nacional y personalidades de la cultura cubana.
Araceli García Carranza. Una vida al servicio de nuestra cultura
Texto y fotos: LUIS TOLEDO SANDE
También en una biblioteca la capacidad humana de ordenación y discernimiento asegura los mejores frutos de la tecnología.
<< En su “taller” de la Biblioteca.
Quien durante décadas ha sido beneficiario del trabajo de bibliógrafos y referencistas, puede dar fe de su importancia. Este artículo trata sobre uno, una, de esos profesionales, que es orgullo de nuestra Biblioteca Nacional José Martí: Araceli García Carranza.
En 1962, al graduarse de doctora en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, se inició en la Biblioteca como especialista del Departamento de Catalogación. Luego ha cumplido otras responsabilidades significativas. Esperamos que, para bien de lectoras y lectores y, en primer lugar, de la propia institución, siga dándosele el alto lugar que merece.
Desde 1999 su desempeño incluye además la jefatura de redacción de la Revista de la Biblioteca, fundada en 1909. De esa publicación, uno de nuestros tesoros culturales, García Carranza ha hecho un riguroso índice que cubre hasta 2008, y sigue actualizándolo. Su servicio bibliotecario interno, y el que brinda a investigadores, profesores y estudiantes cubanos y de otros países, es parte de una obra en la que descuellan varias aportaciones bibliográficas.
Sola o en esfuerzo compartido con su hermana Josefina, fallecida en 2006, ha compilado las bibliografías de nuestra Guerra de 1895 y de la Revista Bimestre Cubana, las de Fernando Ortiz, Emilio Roig de Leuchsenring, José Antonio Portuondo, Carlos Rafael Rodríguez, José Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Luis Suardíaz, Lisandro Otero, Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal y Enrique Cirules; y la relativa a los nexos de Ernest Hemingway con Cuba. Suya es la única compilación bibliográfica abarcadora que se ha hecho de Ernesto Che Guevara.
A José Martí y Alejo Carpentier ha dedicado atención especialísima. Del primero ha hecho la bibliografía publicada periódicamente, primero, en el Anuario Martiano (que llegó a siete entregas) de la que fue Sala Martí de la propia Biblioteca; y, luego, en el Anuario del Centro de Estudios Martianos (que va por 31 ediciones hasta ahora). Es igualmente autora de selecciones bibliográficas diversas, y seguimos esperando la publicación del monumental conjunto de su Bibliografía martiana. Ha colaborado asimismo en la edición crítica de las Obras completas del héroe, y participado en foros acerca de él.


Compilaciones bibliográficas realizadas por Araceli García Carranza.
De Carpentier ha hecho repertorios generales y temáticos, y varios que enriquecen distintas ediciones: entre ellas, los adelantos, preparados por Julio Rodríguez Puértolas y Raquel Arias Careaga, de las Obras completas que Akal publica en España. Su quehacer con la producción de Carpentier ha incluido trabajo directo con el autor y sus manuscritos, y asesoría de exposiciones, jornadas de estudio y tesis académicas. Es miembro de la junta directiva de la Fundación que lleva el nombre del gran escritor.
Al sistema bibliotecario nacional lo han beneficiado sus conocimientos, así como a nuestros medios. Su prestigio va más allá del país: en México, República Dominicana, Colombia, España y los Estados Unidos ha dictado conferencias o colaborado en proyectos varios. De 1995 a 2005 fue miembro corresponsal de la Sección de Bibliografía de la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones de la Biblioteca (IFLA, por sus siglas en inglés), y en 2004 se le nombró miembro del Consejo de Redacción de la revista estadounidense Cuban Studies.
Números de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí que contienen las bibliografías de Cintio Vitier y Fina García Marruz.>>
Tiene bien ganada la condición de profesora titular adjunta de la Universidad de La Habana, al igual que la de investigadora titular. Ha ejercido largamente la docencia en el área de la bibliotecología, incluso en cursos de posgrado de esa Universidad, y es miembro del Tribunal de Categorías Científicas del Ministerio de Cultura desde 1995.
Entre otros numerosos reconocimientos ha recibido la Distinción por la Cultura Cubana y las medallas Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, y en dos ocasiones ha sido seleccionada Vanguardia Nacional del Trabajo. En 2007 el Coloquio Internacional Del papiro a la biblioteca virtual, de la Casa de las Américas, le rindió homenaje, y la Sociedad Cultural José Martí le otorgó el premio La Utilidad de la Virtud.
Goza de la admiración y la gratitud de sucesivas generaciones de lectoras y lectores, de profesionales que acuden a ella en busca de auxilio. Sus aportes enriquecen a nuestra Biblioteca Nacional, envuelta ahora en un remozamiento que abarca reforzar su informatización. Contribuciones destacadas de la doctora García Carranza son también su garbo humano, marcado por una elegancia que seguirá siendo ejemplar y especialmente necesaria en nuestros días, y en el futuro.
En fértil diálogo con los tiempos, conserva las buenas enseñanzas de la institución donde se formó laboralmente. En medio de cambios felices, mantiene la buena educación que debe acompañarlos: sin ella, unida a la insustituible capacidad humana de ordenación y discernimiento, ninguna biblioteca logrará que la tecnología dé los mejores frutos. Se requiere que usuarios y empleados cumplan normas elementales, como no agredir aún más un silencio quebrado por la bulla que llega del entorno.
Frente a realidades indeseables, la floral Araceli García Carranza —cuya modestia puede confundir a los grandes catedráticos de la ostentación— ratifica del modo más eficaz la utilidad de la virtud, y lo hace sencilla y naturalmente. Eso es parte de su tributo a nuestro Maestro mayor.
(Tomado de cultura@bohemia.co.cu, 25 de noviembre de 2010)

Durante la presentación de la Biobibliografía de Carlos Rafael Rodríguez (1987).



Originales de cartas enviadas a Araceli, por la Dra. Freyre de Andrade (1974), primera Directora de la BNCJM después del triunfo
de la Revolución; y el Dr. Carlos Rafael Rodríguez (1983 y 1988), respectivamente.
Palabras en el acto de entrega del Premio Nacional de Investigación
Cultural 2003, a la doctora Araceli García Carranza Bassetti (1)
Por Pablo Pacheco, Investigador
Estimada compañera, doctora Araceli: Estimados compañeras y compañeros:
Para el Ministerio de Cultura y para el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, constituye un verdadero honor, que nos llena de regocijo, el merecido otorgamiento del Premio Nacional de Investigación Cultural a la destacada bibliotecaria y bibliógrafa, doctora Araceli García Carranza Bassetti, quien se ha desempeñado en el ejercicio de su profesión, de forma continua, durante cuarenta y tres años, en la Biblioteca Nacional José Martí.
Tengo la plena convicción que los bibliotecarios, bibliógrafos, profesores, investigadores, intelectuales y estudiantes de nuestro país, beneficiarios todos de la obra extraordinaria de Araceli, sienten, saludan y disfrutan, con la misma satisfacción nuestra, la justeza de este noble reconocimiento a la obra intelectual y científica de toda una vida, que ha sido otorgado a la querida compañera Araceli García Carranza.
A los que de un modo u otro hemos tenido o tenemos que ver con el entrañable universo del libro cubano, nos resulta excepcional y como propio este premio que recibe una destacadísima compañera de nuestro ámbito, que por extensión deviene también en reconocimiento a una institución y una profesión que constituyen agentes claves, esenciales, de nuestra cultura.
La Biblioteca Nacional José Martí, cuyo centenario celebramos hace unos pocos años, es una de las instituciones más honorables con que cuenta la nación cubana, por la digna y heroica jornada cultural rendida a esta altura de su existencia histórica, en la delicadísima gestión de atesorar, conservar, proteger y promover la cultura patria y universal.
Araceli ha tenido el privilegio, junto con otros compañeros, de haber permanecido en la Biblioteca Nacional durante los últimos cuarenta y tres años, institución que ha sido caja de resonancia de las grandes, inmensas realizaciones culturales de la Revolución en todas las esferas, y en especial en el ámbito del libro y la expansión de la red de bibliotecas en toda Cuba, y también de grises momentos que por fortuna quedaron atrás.
Los frutos que aporta cada día la Biblioteca Nacional José Martí, son sobrado motivo de agradecimiento y veneración por parte de todas las instituciones de nuestra cultura que la admiran, junto a la Universidad de La Habana, como hermana mayor.
Las bibliotecas y los bibliotecarios forman paite indisoluble del complejo cultural que integra la larga cadena de comunicación que va desde el escritor hasta el lector, difundiendo a escala social los mensajes de información y de cultura.
El bibliotecario es uno de los principales conductos que propician que el hecho cultural del libro se someta a la opinión del público y, al propio tiempo, constituye el canal de retroalimentación, mediante el cual el editor y el autor reciben estas opiniones con la consecuente interacción que este sistema supone. Es una antena sensible; personaje del mundo del libro que se halla en contacto directo y sistemático con el lector; por ello, es promotor, animador y agente de acción cultural constante en su contexto, cuya responsabilidad no termina con el simple préstamo del libro, ya que lo que está promoviendo es la lectura y leer, además de aprender, es reflexionar, trabajar, pensar, disfrutar, sensibilizar y sobre todo humanizar. Recordemos a Borges cuando dijo: "De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda alguna, el libro". Para agregar: "El libro es una extensión de la memoria".
El bibliógrafo, cuya labor es bastante poco conocida, es el especialista de la información que en delicadas y agotadoras jornadas y mediante largas y sistemáticas investigaciones dirigidas a la recopilación, búsqueda y ordenamiento científico de la información dispersa, conforma una obra de consulta de inapreciable valor para el investigador, el profesor, el estudioso o el simple lector que necesite ilustrarse sobre una materia o la obra de una personalidad. La cultura impresa halla en el bibliógrafo a su colaborador natural, a quien compacta, ordena y lega a las generaciones actuales y futuras, compendios, catálogos y listados imprescindibles para la conservación y uso racionales del patrimonio literario de la nación.
Los bibliógrafos están unidos por un denominador común: son ejemplo de respeto a la cultura, de abnegación y entrega a un trabajo minucioso y anónimo, que requiere esfuerzos intelectuales muy serios e intensos, y muy bien orientados. Al honrarlos, reconocemos uno de los aportes fundamentales para la transmisión de la memoria cultural de nuestra patria. La cultura impresa es la tesorera, por antonomasia, de nuestra identidad como nación, en ella se fijan y aquilatan nuestras esencias como cultura original e irrepetible, así como nuestros nexos más sólidos con el patrimonio universal; ponerla al alcance del investigador, en catálogos cuya consulta es fácil y precisa, supone la capacidad creativa del bibliógrafo para encontrar la estructura adecuada, y aplicar con acierto al caso particular, las leyes generales de la ciencia de la bibliografía. No faltan gentes ingenuas que ejercen un tipo de terrorismo telemático, según el cual el bibliógrafo es una especie que se extingue ante el avance de ese matrimonio maravilloso de la computación con las telecomunicaciones en el servicio informativo; y lo cierto es que de lo que se trata es de una transformación espectacular del concepto tradicional de bibliógrafo, especialista que en lo adelante contará con un ejército automatizado que le alivie la tarea y le acorte los tiempos de trabajo de manera fenomenal; lo que sí no podrá de ningún modo sustituirse es la inteligencia y la pasión del especialista de la información, cuya experiencia, capacidad y cultura constituyen los ingredientes indispensables para obtener una respuesta verdaderamente eficaz de la computación.
Araceli García Carranza, es nuestra bibliógrafa mayor en el tema de humanidades y de grandes personalidades de nuestra cultura. Ella es también la especialista que compila anualmente la bibliografía del Apóstol, desde 1968, primero para los Anuarios Martianos y después para el Anuario del Centro de Estudios Martianos, la que atiende a decenas de investigadores cubanos y extranjeros, por el profundo conocimiento que tiene de los fondos atesorados por la Biblioteca Nacional José Martí, así como por el dominio de los temas de la cultura cubana, que le permite orientarse con maestría y pericia en el universo de la erudición bibliotecaria.
Basta una simple hojeada a su curriculum y allí veremos obras capitales de la bibliografía nacional:
(Tomado de Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, Año 96 , 1-2, enero-junio 2005)
Su biblioteca
ESTE ES TU REINO
el reino tuyo
De la misma manera que lo haces
nadie se orienta entre folios marcados
ni logra pasearse entre verdades
Ni recuerda decretos
ni por fechas vagas
Amiga eres selecta y amadísima
de oscuros autores olvidados
Esta es como tu casa
aquí ejerces el tremendo señorío del respeto
la tolerable dictadura del prestigio
Capataces Sargentos Mayorales
Hidalgos Altezas Majestades
luchan entre sí por preguntarte
se disputan reptilmente tu atención
Cómo añades tanta risa a tanto esfuerzo
será que al fin yo desconozco el sufrimiento
Dónde trabas la inocencia gentil
entre tanto celo y muchas más aspiraciones
Debe haber en algún verso de Wilde
un cómplice acertijo para ti
una revelación definitiva de tu imagen
Debe porque es tuya su pose
ensueño lánguido
como de humanidad derramada entre las luces
Esta tu mansión intransferible
alfombrada con mármoles solplones
me sabe demasiado a tumba
me huele demasiado frío
la escucho demasiado seria
le temo demasiado a muerte
le sobra rencor
Yo le colgaría luces de bengala
se merece un buen beso el taciturno Martí
y tu discreta puerta un arcoiris
Música lleva tu huella en el granito
paisaje tu erudición inalcanzable
y sosiego los que te hacemos cola
Esta es tu casa
tu definitiva estación
Quien pronto partirá
lo conoce de sobra
Emilio Ichikawa
Escrito de Araceli García Carranza, después de recibir el poema:
“Dile al autor que no lo olvidamos, ni Julito ni yo, lo queremos mucho .Es increíble que apenas sin conocerme este poeta se inspirara en esta persona que no lo merece, besos, los quiero Araceli. Miles de gracias por el poema, me gustaría que Cancio lo leyera. Ojalá que todos nos volvamos a encontrar, Dios mediante”.