Honorato de Balzac: un tesoro del pensamiento contemporáneoSi existe un novelista que logra penetrar profundamente en la conducta de sus personajes y exponer al desnudo la grandeza y miseria de sus vidas, ese es y será siempre, el francés Honorato de Balzac.
Creador de la novela psicológica y jefe de la escuela realista, Balzac (1799-1850) refleja aquella época de la sociedad burguesa en que esta pasaba a realizar las consignas de libertad e igualdad de 1793.
Los escritores que sostenían que la sociedad burguesa era la ideal encabezaron la corriente del liberalismo. Mas a esta corriente apologética del capitalismo que los liberales pintan como progreso continuo se enfrenta otra corriente, la racionalista –o estoica, como la llamara Carlos Marx–, cuyos intelectuales plantean que los éxitos de la civilización capitalista van acompañados por una decadencia en muchos aspectos importantes de la vida y la cultura social, y pintan verídica y profundamente los rasgos de barbarie de ese progreso.
Balzac pertenece a esa corriente y se diferencia de la escuela de los novelistas liberales y apologéticos por su veracidad y valentía al describir los aspectos decadentes del orden burgués y sus contradicciones internas. Reconoce como ley social básica la unión orgánica entre los lados positivos de la vida y la ausencia en ella de bases absolutas.
Su convicción fundamental es que “no hay nada absoluto en la humanidad (Modesta Mignon)”, que la vida está dominada por la “ley de las contradicciones y los contrastes (Una hija de Eva)”. En Las ilusiones perdidas habla del papel predominante de la ley de las contradicciones en la vida humana.
La diferencia fundamental entre este escritor francés y sus colegas burgueses de la escuela liberal, consiste no tanto en su crítica de la sociedad, sino en el carácter integral que ella representa. Escritores inclinados hacia la democracia como Víctor Hugo y Lamartine, por ejemplo, no se niegan a criticar los aspectos negativos de la sociedad burguesa, pero mantienen que son el resultado de manifestaciones temporales –sólo temporalmente son malas–, y las desligan de su basamento burgués capitalista.
En su libro de ensayos, el autor ruso Vladimir Grib realiza un análisis marxista acerca de la obra de Balzac y de los principios fundamentales que la rigen y mantiene que, en cada una de las obras del famoso escritor, la sociedad burguesa fundamentada en su derecho a ser llamada modelo y ejemplar, era vista (y es) desde el ángulo de la libertad personal y la independencia de cada ciudadano frente a cualquier coacción externa.
“Para Balzac –según Grib– este principio fundamental de la sociedad burguesa es antisocial, y una fuente de innumerables desastres. Establecer el interés propio como piedra angular de la sociedad es, según Balzac, un mandamiento de los peores instintos de la sociedad humana: el egoísmo y la codicia”.
El ensayista ruso expone, a la vez, algunas citas prominentes relacionadas con dicho concepto, recogidas de algunas de las obras de Balzac. Por ejemplo: “La sociedad no tiene otro sostén que el egoísmo. Todo individuo cree sólo en sí…” (El médico del pueblo). “Se apodera de todos una esperanza y una ambición de llegar per fas et nefas al paraíso terrenal de la lujuria, la vanidad y los placeres, matando el alma y perjudicando el cuerpo sólo para una breve posesión de esta tierra prometida… Nuestra época es eminentemente aquella en que el dinero es el legislador, tanto social como políticamente” (Eugenia Grandet). El mundo se convierte en un campo de batalla sin misericordia donde cada uno lucha contra los demás, donde “el egoísmo más salvaje y más diestro gana” (Una hija de Eva), donde las gentes “luchan y se devoran como las arañas en un jarro” (Papá Goriot). “El engreimiento testarudo es el principio de las finanzas” (La prima Bette).
El principio: dinero, dinero, dinero es la cimiente desde donde analiza y evalúa la sociedad burguesa en su serie de 97 novelas La comedia humana; de ahí su tesis filosófica de que la causa verdadera “de las úlceras de la civilización” se halla en el principio del dinero, que es lo que destruye finalmente a la humanidad.
El ataque de Balzac en cada una de sus obras está dirigido contra la vida económica del orden burgués. Pinta a los capitalistas financieros (“Nuncingen”) e industriales (“Laffittes en miniatura”) como elementos parásitos y destructivos, como du Bousquier (La solterona), du Croisier (La colección de antigüedades), los hermanos Cointet (Ilusiones perdidas).
Al inventor o fuerza motriz de la industria capitalista, lo compara con “un cerdo que vaga en la selva buscando trufas” (César Birotteau), y al hombre rico lo destaca como “el vivo que sigue sus huellas y espera hasta que oye un gruñido por el hallazgo”… El resultado es que “el cerdo está seguro en su pocilga con sus patatas”, mientras que el vivo “está revolcándose en billetes de banco”. Ese es el método utilizado por los hermanos Cointet (Las ilusiones perdidas) para estafar a Séchard el resultado de sus inventos.
Igualmente la codicia del oro convierte a un personaje como Grandet en un monomaníaco. Su avaricia mata a su esposa y arruina la felicidad de su hija. Acerca de esta última, se siente ligado a ella y se preocupa por ella a su manera, porque será la que algún día se encargue de cuidar su dinero: “…Cuídalo todo, me rendirás cuentas en el más allá”. Grandet encarna así la psicología rapaz del capitalista. En el caso de Gobsek, éste representa a la usura con un solo placer: contar billetes y recibir intereses, con abstención de todos los placeres terrenales por causa de un único objetivo: el lucro, su verdadero modo de vivir.
Tal es el resultado del “principio del dinero” en la psicología humana: autodestrucción ciega, devastación insensata (El cura de aldea).
Una interrogante –casi lapidaria– plantea esta obra de Grib, y es: ¿Cómo es posible la vida política en una sociedad basada en el principio antipolítico del egoísmo?
En El cura de aldea, se expone que “la ley del interés de todos, que es el fundamento del patriotismo, es anulada inmediatamente por la ley del interés individual, que autoriza e implanta el egoísmo”. Por tanto, la política se convierte en un medio para el provecho, en una corporación por acciones, concentradas en un grupo de capitalistas.
Así, en ninguna de sus obras pierde Balzac la ocasión de mostrar el carácter hipócrita, egoísta y excluyente de la sociedad burguesa que le tocó vivir: “…El lugar de la nobleza antigua lo ocupa ahora la burguesía”, diría.
Es por todo ello que, para Carlos Marx y Federico Engels, el escritor francés –visto desde su tiempo y espacio– constituyó un magnífico tesoro del pensamiento filosófico contemporáneo.